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En una aldea del Prepirineo, cuyo nombre no voy a dar, pues algunos de los protagonistas de esta historia, totalmente verídica, aún viven, habitaban 3 generaciones en la misma casa familiar cuando un otoño falleció la abuela. Por entonces, en la década de los setenta del pasado siglo, los velatorios y la recepción de familiares, vecinos y amigos se hacía en las casas, pues deben saber que el primer tanatorio de España, que ofreció los servicios comentados no se abrió hasta 1975, en Pamplona (y la generalización de estos servicios de velorio por parte de los tanatorios no se extendió hasta algunos lustros después). Así pues, el velatorio en sí era la habitación o alcoba del finado, a quien se mantenía de cuerpo presente en su lecho de defunción, con su cama rodeada de velas y cirios.

Seguramente, y como era tradición, la familia ofrecería a los que habían acudido al duelo pastas, bizcocho, licor casero y café o, tal vez, chocolate caliente. Y pasarían la noche rezando novenas por el alma de la difunta para, a la mañana siguiente, trasladarla al cementerio de la aldea y darle sepultura.

Después del sepelio, los vecinos se fueron a sus casas, pero los familiares más próximos, como también era de rigor, se quedaron a la comida. Así que se encendió el hogar con la intención, no sólo de obtener unas brasas a cuyo calor se hiciera el puchero (casi con certeza que fuera de judías secas o bolinches y que de postre se sirvieran almendras tostadas), sino con el propósito primero de caldear la estancia, pues la mañana de otoño se había despertado fresca.

Cuando el fuego se avivó, el nieto mayor de la fallecida, de seis o siete años, exclamó con  una cierta alegría maravillada: “¡Ya está mamá, ya arde la abuela!.”

“Pero, ¿qué dice este niño?”, preguntaron algunos familiares mientras la madre de la criatura pensaba “Trágame tierra”, aunque lo disimulara contestándoles: “Nada, nada, qué va a decir, cosas de críos”.

Pero el niño insistió “”Que sí mamá, ¡ya está, ya está ardiendo!, lo que tú siempre dices de que cuando la abuela muera arderá en los infiernos”.

Esta una de las anécdotas que cuenta mi madre y, a pesar de que la protagonista, la nuera de la casa, “la joven” como llamaban a éstas, debió de pasarlo francamente mal con ese incidente, mirando la escena desde la distancia es divertidísima. Existía un dicho oscense, si bien se decía más con un sentido humorístico o socarrón que de amenaza, que rezaba así: “En esta casa, todos somos familia menos la nuera. En muriéndose el hijo, la nuera fuera“. Pero ciertamente, todos los dichos tienen su poso de verdad, y algunos suegros y suegras había que poca consideración tenían con sus nueras, que eran las que venían “de fuera”, las extrañas. No sé si éste era el caso en la historia que aquí se narra o se debía, la animadversión, a una simple incompatibilidad de caracteres entre la suegra y la nuera.